El tio Robinson

El tio Robinson

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La discusión había prolongado la velada. Era hora de ir a la cama. Los niños y la madre se retiraron a sus lechos de piel y de musgo. El maestro Jup mismo ya había entrado en su cabaña.

Antes de entregarse al sueño, el tío y Clifton, según era su costumbre, fueron a inspeccionar los alrededores de la gruta. Cuando estuvieron solos, el tío agradeció una vez más al ingeniero haberle dado su nombre a la isla.

—Por fin —dijo— tenemos un isla de verdad, cuya existencia ha sido legalmente constatada y que puede figurar honrosamente en un mapa y, fíjese bien, señor, que podemos reivindicar el derecho de haberla descubierto.

—Mi noble amigo —respondió Clifton—, es un asunto grave saber si Flip Island no estuvo habitada antes de que llegáramos a sus costas y, diría más, si no hay en ella otros habitantes aparte de nosotros.

—¿Qué quiere usted decir, señor? —exclamó el tío—. ¿Tiene usted algún indicio?

—Tengo uno —respondió Clifton bajando la voz—, uno solo, pero no se lo digo más que a usted para no causar ninguna inquietud a nuestra pequeña colonia.

—Tiene usted razón, señor —dijo el tío—. ¿Y qué es?

—Veamos. Usted conoce bien ese gallo con cuernos que hemos aclimatado y que tenemos en el gallinero.


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