El tio Robinson

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Es de imaginar que, en el interior de la gruta, el tío había tenido que instalar repisas y armarios. Un rincón especial estaba reservado a las provisiones vegetales, que eran muchas. Habían cosechado piñones en abundancia. Se veía también cierta cantidad de esa raíz de la familia de las araliáceas[54] que se encuentran en todas las regiones del globo. Eran raíces del Dimorphantus edulis, aromáticas, un poco amargas, pero agradables al gusto, con las que se alimentan los japoneses en invierno. El tío se acordaba de haberlas comido en Yedo y, en efecto, eran excelentes.

Finalmente, se pudo satisfacer una de las más intensas desideata[55] de la señora Clifton gracias a los consejos del tío, cuya experiencia servía de maravilla para resolver cualquier cosa.

Eran los primeros días de noviembre cuando Harry Clifton dijo a su mujer:

—¿No es cierto, mi querida, que estarías encantada si pudiéramos poner azúcar a tu disposición?

—Por supuesto —respondió la señora Clifton.

—Pues bien, vamos a fabricártela.

—¿Encontraron caña de azúcar?

—No.

—¿Remolachas?

—Tampoco, pero la naturaleza nos ha gratificado en esta isla con un árbol muy común e inestimable, el arce.


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