El tio Robinson

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Se dedicó a buscar entonces alguna cavidad, algún agujero donde pudiera refugiarse la familia esa primera noche y protegerse de la lluvia que amenazaba. Exploró a lo largo de la muralla de granito pero, para su gran desilusión, no encontró la pequeña gruta que podía servir de campamento provisorio. El bloque era compacto por todos lados y no presentaba la menor fisura. Adelante del banco de arena sobre el cual acababa de recalar el bote, había un lugar: el acantilado, ahuecado en la base, formaba una especie de resguardo que podía protegerlos contra los vientos del Oeste que en ese momento se habían desencadenado, pero era un refugio insuficiente que sería inhabitable si el viento se desplazaba apenas un cuarto al norte. Flip resolvió por lo tanto remontar el río unos centenares de pasos para seguir buscando lo que en ese lugar no habían encontrado, y le comunicó su proyecto a la señora Clifton.

—¡No tenga miedo, señora! —le dijo—. No iré muy lejos. Tengo piernas largas y regresaré pronto. Sus hijos no se moverán de su lado. ¿Cuidará usted a su madre, señor Marc?

—Sí, Flip —respondió el muchacho, que desplegaba una energía verdaderamente superior a su edad.

—Parto entonces —continuó Flip—. No tengo otra que ir y venir por la margen izquierda; no hay modo de equivocar el camino si ustedes quisieran venir a mi encuentro.


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