El tio Robinson

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Flip se dirigió hacia el bosque para hacer su provisión; en cuanto a un refugio, no había encontrado nada. Había que conformarse, al menos por esa noche, con el campamento provisorio. Al llegar al linde, vio que el bosque se extendía más allá de donde alcanzaba la vista hacia la derecha, y observó los accidentes del suelo que subía hasta sumirse en el interior. El pico, que a treinta millas de distancia había indicado a los marinos del Vankouver la presencia de esta tierra desconocida, dominaba toda esa masa.

Mientras ataba los haces de leña, Flip pensaba en los medios para sacar del paso a esa familia a la que tanto se había consagrado. La cuestión del campamento lo preocupaba.

—Después de todo, tenemos tiempo —se repetía.

—No hay que instalarse a la ligera. En primer lugar necesitamos fuego y, para hacer el fuego, una buena leña, que prenda bien y dé buenas llamas.

La recolección fue fácil: una gran cantidad de leña seca, producto de los huracanes, cubría el suelo. Flip no habría podido decir qué era esa leña, ni a cuál especie pertenecía, y se conformaba con atribuirle una categoría: «leña para quemar», la única que en ese momento le interesaba.


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