El tio Robinson

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El 25 de marzo de 1861, sin embargo, esta porción del Pacífico que acaba de ser descrita, no estaba absolutamente desierta. Una embarcación flotaba en su superficie. No era ni el vapor de una línea transoceánica, ni un buque de guerra que fuera a supervisar las pesquerías del norte, ni un barco de comercio, que traficara productos de las Molucas o de las Filipinas y al que un golpe de viento hubiera arrojado fuera de su ruta, ni tampoco un barco de pesca, ni siquiera tampoco una chalupa. Era un frágil bote de vela, con una simple mesana que trataba de ganarle al viento para llegar una tierra distante a nueve o diez millas. Barloventeaba, tratando de elevarse lo más que podía contra la brisa contraria y, por desgracia, la marea creciente, siempre débil en el Pacífico, no ayudaba lo suficiente a ejecutar la maniobra.

El tiempo, por otro lado, era bueno, pero un poco frío. Ligeras nubes se dispersaban en el cielo. El sol alumbraba aquí y allá la pequeña cresta espumosa de las olas. Un oleaje alto balanceaba el bote, aunque sin sacudidas demasiado fuertes. La vela tendida horizontal a fin de ganar mejor el viento, inclinaba por momentos la ligera embarcación, al punto de que el agua le llegaba al ras del borde. Pero enseguida se erguía y se lanzaba con el viento, acercándose a la costa.


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