El tio Robinson
El tio Robinson La noche transcurrió sin incidentes. La lluvia cesó hacia las tres de la mañana. La señora Clifton, a quien sus tristes preocupaciones habían mantenido despierta, abandonó el bote al amanecer antes que sus hijos, sin perturbarles el sueño. Quería reemplazar a Flip y éste de buena o mala gana tuvo que aceptar e ir a descansar unas horas bajo el bote.
A las siete lo despertó el parloteo de los muchachos, que ya corrían por la playa. La señora Clifton se ocupaba del aseo de los más chicos, lavándoles la cara y las manos en el agua dulce del río. Jack, que por lo general era reacio a esta operación, esta vez no protestó. Es cierto que un río que corre es mucho más divertido que una palangana.
Cuando Flip hubo dejado su lecho de arena y de musgo vio con satisfacción que el cielo se había serenado. Las nubes, altas y dispersas, dejaban ver grandes placas de azul. El buen tiempo favorecía por lo tanto los proyectos de Flip, que contaba ese día con explorar la comarca circundante.
—¿Cómo van las cosas, mis queridos señores? —preguntó con voz animada—. ¿Y usted, señorita Belle, y usted señora Clifton? ¡Cuando pienso que soy el último en levantarme! ¡A mi edad!