El tio Robinson

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Un cuarto de hora después el veloz Robert, Flip y Marc daban vuelta el ángulo del acantilado y veían que la colonia en pleno rodeaba el fogón chisporroteante; un penacho de humo se contorneaba en el aire. Los recién llegados fueron bienvenidos. La señora Clifton había colocado el hervidor sobre el fuego y ya los moluscos se cocinaban en unas pintas de agua de mar que le realzarían el gusto. En cuanto a los huevos de paloma, fueron recibidos con alegría por los más chicos. Belle reclamó de inmediato una huevera; pero Flip, no pudiendo ofrecérsela, la consoló prometiéndole traerle una en la primera ocasión de un árbol que «produce hueveras». Esta vez hubo que conformarse con hacer los huevos duros sobre la ceniza caliente.

El desayuno pronto estuvo listo. Los moluscos, en plena cocción, despedían un excelente olor marino. No faltó la vajilla: la señora Clifton había juntado una docena de coquilles Saint-Jacques[24] que servían de platos. Cuando se vació el hervidor, Marc fue a llenarlo de agua dulce en la fresca corriente del río. Flip, siguiendo su costumbre, amenizó la comida con sus ocurrencias y desarrolló unos planes para el futuro que harían desear a cualquiera un naufragio en una isla desierta. No es necesario decir que nadie tocó las galletas ni la carne salada que fueron reservadas para circunstancias extremas.


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