El tio Robinson

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Una vez que terminaron de desayunar la señora Clifton y Flip hablaron sobre las mejoras que había que hacer en el campamento. Era indispensable encontrar un reparo más seguro. Esto requería una exploración más minuciosa del acantilado. Pero Flip pospuso esa exploración para el día siguiente. No quería aventurarse tan lejos desde el primer día, dejando solos a la señora Clifton y a sus hijos. Por otro lado, debía renovar la provisión de combustible.

Por lo tanto volvió al bosque, remontando la margen derecha del río, y trajo, por vía fluvial, varias cargas de leña. Tuvo incluso la precaución de encender dos fogatas distintas, para que no les faltara el fuego en el caso de que una de las dos llegara a apagarse.

El segundo día pasó de la misma manera. Los litodomos y nuevamente los huevos que Flip y Robert trajeron del nido, aseguraron la cena. Llegó la noche, una noche estrellada, que la familia pasó debajo del bote; la señora Clifton y Flip velaron el fuego por turnos y nada interrumpió su tranquilidad, hasta que, de pronto, unos aullidos lejanos, presumiblemente de animales feroces, hicieron palpitar de miedo el corazón de la pobre madre.


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