El Volcán de oro

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—Así pues —continuó Summy Skim—, estaba en Canadá sin que nosotros tuviéramos noticia de ello.

—Sí, en Canadá. Pero en la región más apartada del Dominio, casi en la frontera que separa nuestro país del territorio americano de Alaska, con la cual las comunicaciones son tan lentas como difíciles.

—Klondike, supongo, notario Snubbin.

—Sí, Klondike; su tío se había instalado allí hacía unos diez meses.

—Diez meses —repitió Summy Skim—. Y teniendo que cruzar América para ir a esa región minera no tuvo ni siquiera el pensamiento de acercarse a Montreal a estrechar la mano de sus sobrinos. ¡Hubiera sido la última oportunidad de verle!

Aquello afectó profundamente a Summy Skim.

—Qué le vamos a hacer —respondió el notario—. Sin duda Josias Lacoste tenía prisa por llegar a Klondike como tantos otros miles de sus semejantes, diría yo que enfermos, presos de esa fiebre del oro que ha cansado ya y que seguirá cansando a tantas víctimas. ¡De todos los lugares del mundo llega una invasión hacia los nuevos placeres! Después de Australia, California, después de California, Transvaal, después de Transvaal, Klondike, y después de Klondike, otros territorios auríferos, y así será hasta el día del Juicio… quiero decir del yacimiento final.


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