El Volcán de oro
El Volcán de oro Entre ellos se encontraba Hunter, quien en el culmen de la cólera, agarraba por el cuello a uno de los jugadores y vomitaba un torrente de injurias. Una discusión sobre una baza de monte había provocado aquella escena abominable que amenazaba con terminar en una pelea colectiva entre todos aquellos locos.
No parecía, además, que la mayoría estuviera de parte de Hunter, porque le cubrían de amenazas a las que él respondía con horribles invectivas. Podría suceder incluso que, a fin de cuentas, el disparo de los revólveres viniera a sumarse a aquellas vociferaciones furiosas.
En aquel momento Hunter, con un vigoroso golpe, se libró del grupo que le rodeaba y se arrojó hacia adelante de un salto.
Las dos religiosas, que se dirigían a cubierta, se cruzaron en su camino, y una de ellas, la de más edad, fue derribada sobre el puente.
Summy Skim, irritado, se precipitó hacia Hunter, mientras Ben Raddle ayudaba a levantarse a la hermana.
—Miserable —gritaba Summy Skim—, merecería…
Hunter se detuvo y estaba llevándose la mano a la cintura para sacar el cuchillo que llevaba en una funda cuando cambió de opinión y dijo a Summy Skim:
—¡Ah! Es usted, el canadiense, ya nos encontraremos allá, no pierde nada por esperar.