El Volcán de oro
El Volcán de oro —¿Y por qué no? —replicó Ben Raddle—. Se ha hablado ya de tender un ferrocarril. ¿No van a empezar las obras del ferrocarril entre Scagway y el lago Benett, que se prolongará más tarde hasta Fort Selkirk? Un trayecto de cinco horas hasta el lago, con tres trenes diarios, el billete a cincuenta francos y la tonelada de mercancÃa a treinta francos. El ingeniero Hawkins va a emplear a dos mil hombres en esas obras, y se les pagará a razón de un franco cincuenta la hora.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Summy Skim—. Ya sabÃa yo que siempre estás perfectamente informado, querido Ben. Pero olvidas una cosa, algo que los ingenieros olvidan también, y es que el Klondike se habrá vaciado de todo su oro antes de que el ferrocarril esté terminado, y cuando no queden yacimientos, ni mineros, ni tráfico, el paÃs quedará abandonado.
—Vamos —respondió Ben Raddle—. ¿Es ésa también su opinión, Bill Stell?
El Explorador se contentó con mover la cabeza sin responder nada.
A otra pregunta formulada por Ben Raddle, extendió un mapa trazado de manera bastante grosera de todo el territorio recorrido por el Yukón, desde la región de los lagos hasta la frontera con Alaska, más allá de Klondike.