El Volcán de oro
El Volcán de oro Evidentemente, cuando Klondike hubiera sido excavado y vaciado hasta sus yacimientos más ocultos, aquella muchedumbre de mineros abandonaría el país para no volver jamás. Pero quizá pasaría medio siglo hasta que la piqueta hubiera arrancado la última pepita.
En aquella etapa del lago Benett, el atasco era tan considerable como en el Sheep Camp del paso del Chilkoot y en la del lago Lindeman. Varios miles de emigrantes la ocupaban esperando la ocasión de proseguir su camino. En todas partes se alzaban tiendas, que no tardarían en ser reemplazadas por cabañas y casas si el éxodo hacia Klondike se prolongaba aún durante algunos años.
En aquel embrión de aldea, que se convertiría en pueblo y en ciudad, ya había albergues, que se transformarían en hoteles. ¿Acaso no lo eran ya por los precios excesivos que pedían por el alojamiento y la alimentación, a pesar de la absoluta falta de comodidades? Además, la etapa estaba dotada con un puesto de policía, y las orillas del lago, muy boscosas, estaban ocupadas en diversos puntos por los aserraderos y carpinterías de ribera, que tenían una actividad febril.