El Volcán de oro
El Volcán de oro La casa que poseían ambos primos, sin lujo, pero confortable, estaba situada en uno de los barrios más tranquilos de Montreal, fuera de los centros comerciales o industriales. Allí era donde los dos pasaban, no sin esperar impacientes el retorno del buen tiempo, esos inviernos tan rudos de Canadá, a pesar de estar el país en la misma latitud que el mediodía de Europa. Pero los terribles vientos que ninguna montaña detiene, las borrascas cargadas del frío de las regiones árticas irrumpen sin trabas con extraordinaria violencia.
Montreal, sede del gobierno desde 1843, hubiera podido ofrecer a Summy Skim la ocasión de participar en los asuntos públicos. Pero siendo muy independiente de carácter y mezclándose poco con la sociedad de altos funcionarios, había concebido un santo horror por la política. Además, se sometía con mucho gusto a la soberanía de Gran Bretaña, que era más aparente que efectiva. Nunca había tomado partido por ninguna de las partes en que se dividía el Dominio[2]. Desdeñando el mundo oficial, era, en resumen, un filósofo al que le gustaba vivir sin ninguna suerte de ambición.
En su opinión, toda modificación acaecida a su existencia sólo hubiera podido acarrearle problemas, preocupaciones y disminución del bienestar.