El Volcán de oro

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Es comprensible, por lo tanto, que este filósofo no pensara jamás en casarse y ni siquiera se le ocurriera hacerlo, aunque hubieran pasado ya treinta y dos años por encima de su cabeza. Quizá si su madre no hubiera desaparecido —ya se sabe cuánto agrada a las madres perpetuarse en sus nietos— le hubiera dado la satisfacción de proporcionarle una nuera. Pero en ese caso no cabía la menor duda al respecto, la mujer de Summy Skim hubiera compartido sus gustos. Entre las familias numerosas de Canadá, donde el número de hijos sobrepasa a menudo las dos docenas, hubiera sido posible encontrarle, ya fuera en la ciudad o en el campo, la heredera que le hubiera convenido y, en esas condiciones, la unión hubiera sido feliz. Pero la señora Skim había muerto hacía cinco años, tres años después que su marido, y si bien hacía mucho tiempo que pensaba en alguna unión para su hijo, éste no pensaba en ello jamás, y probablemente, ahora que la madre ya no estaba allí, la eventualidad matrimonial nunca se presentaría a su espíritu.







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