El Volcán de oro
El Volcán de oro —Forzosamente tenÃa que ser asà —repetÃa en su fuero interno el sensato Summy Skim—. ¡Me dan ganas de maldecir al tÃo Josias! ¡Nos hemos hecho mineros por culpa suya, buscadores de pepitas, prospectores, cualquiera que sea el nombre con que se quiera bautizar a los buscadores de oro que yo llamo buscadores de miserias! ¡SÃ! ¡Hubiera debido oponerme firmemente desde el principio a esta aventura, y si me hubiera negado a irme de Montreal y a acompañar a Ben a este espantoso paÃs, sin duda Ben no se hubiera ido solo y no nos hubiéramos metido en este deplorable asunto! ¡Y aunque hubiera millones en los lodos de la parcela 129, serÃa igualmente odioso decir que nos vamos a hacer lavadores de barro de profesión! ¡Además, una vez que se ha metido la mano en este engranaje entra todo el cuerpo, y se nos echará encima el invierno antes de que hayamos podido ponernos en marcha para volver a Montreal! ¡Un invierno en Klondike, con frÃos de cincuenta grados para lo que ha sido necesario fabricar amables termómetros graduados por debajo de cero similares a los normales, que lo están por encima! ¡Qué perspectiva! ¡Ah! ¡TÃo Josias, tÃo Josias! ¡Has hecho de tus sobrinos unos desgraciados!