El Volcán de oro
El Volcán de oro Por otro lado era evidente que, a falta de material más perfeccionado, a falta de maquinaria que hubiera podido ser utilizada con mayor provecho, Ben Raddle se vería reducido al empleo de la batea, —la «sartén» como se llamaba en el argot de los mineros—. Pero aquellos utensilios rudimentarios bastarían para lavar los barros de las zonas pegadas al Forty Miles Creek. Eran, en suma, las parcelas de cuarzo, y no las parcelas fluviales, las que había que trabajar industrialmente, y ya se habían establecido en los yacimientos de Klondike máquinas de pilón para moler el cuarzo, las mismas que funcionaban en otras comarcas mineras de Canadá y de la Columbia Británica.
Además, Ben Raddle no hubiera podido encontrar un agente más valioso que Lorique, el capataz. Bastaba con dejarlo actuar. Lorique era un hombre cargado de experiencia, sumamente entendido en aquel tipo de trabajos, que además había dirigido ya otras explotaciones similares, y capaz también de aplicar los perfeccionamientos que podría proponer el ingeniero.
Es preciso observar también que el abandono de la parcela 129 por un periodo demasiado largo hubiera podido atraer las quejas de las autoridades. Ávidas de las tasas que se recogían sobre el rendimiento de los placeres, ordenaban su desalojo si se dejaban inactivos durante un periodo relativamente corto.