El Volcán de oro

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El capataz se ocupó en primer lugar de encontrar personal. Se topó con más dificultades de las que imaginaba. Habían sido descubiertos numerosos yacimientos en la región de los Dômes, y los mineros se habían precipitado allí, porque la mano de obra parecía estar mejor pagada. Ciertamente, no dejaban de llegar caravanas a Dawson City, porque la travesía de los lagos, y la bajada del Yukón, eran más fáciles durante la buena estación. Pero por todas partes se reclamaban brazos de trabajadores en una época en que el empleo de maquinaria no se había generalizado.

Sin embargo, Lorique logró reclutar una treintena de emigrantes en lugar de los cincuenta que había tenido Josias Lacoste. Pero se vio obligado a concederles salarios muy elevados, entre cinco y seis francos a la hora.

Por otro lado, ésos eran los precios en curso en la región del río Bonanza. Muchos obreros reunían hasta setenta y cinco u ochenta francos al día, y muchos, en suma, se enriquecían si no se gastaban aquel dinero con la misma facilidad con que lo ganaban.

No es de extrañar que los salarios no dejaran de aumentar, ya que los yacimientos de Sookum, entre otros, lavaban hasta cien dólares por obrero y hora. Pero, en realidad, los salarios no se alcanzaban sino a una centésima parte.


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