El Volcán de oro

El Volcán de oro

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Ya se ha dicho que el material de la parcela 129 era de lo más rudimentario, el mismo que empleaban los primeros prospectores cuando se descubrieron los primeros yacimientos: la batea.

Sin duda Josias Lacoste tenía la intención de completar aquel utillaje primitivo, y lo que él no había podido hacer lo intentaría realizar su sobrino.

Por lo tanto, sucedió que gracias al capataz, y ofreciendo un buen precio, se pudieron añadir dos rockers al material de la parcela 129.

El rocker es simplemente una caja de unos tres pies de largo y dos de ancho, una especie de ataúd montado sobre un balancín. En el interior se coloca un tamiz provisto de un pedazo de lana que retiene los granos de oro dejando pasar la arena y el agua. En el extremo inferior de aquel aparato, que gracias al balancín puede ser accionado a golpes regulares, se dispone una cierta cantidad de mercurio con el que el metal se amalgama cuando su finura no permite sacarlo a mano.

Probablemente Ben hubiera deseado añadir al rocker un sluice, y al no haberse podido procurar uno, soñaba con construirlo. Se trata de una conducción de madera surcada, de seis en seis pulgadas, por acanaladuras transversales. Cuando se lanza por ella una corriente de barro líquida, la tierra y la grava son arrastradas, mientras las acanaladuras retienen el oro a causa de su peso.


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