El Volcán de oro

El Volcán de oro

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—Sin embargo, no es difícil. Se agita la batea, se disuelve la grava y en el fondo quedan las pajuelas de oro.

—No, Ben. Aunque me pagaran dos dólares la hora.

—¡Estoy seguro de que tendrías buena mano!

Un día Ben le ofreció una batea y dijo:

—Inténtalo, por favor.

—¡Lo haré para que no te ofendas, Ben!

Entonces, dócilmente, Summy Skim tomó la batea, la llenó con un poco de tierra que acababa de ser extraída de uno de los pozos, y después de haberla transformado en un lodo casi líquido, la fue vertiendo poco a poco. Si hubiera contenido algunas pajuelas de oro hubieran quedado en el fondo de la batea.

¡Ni el menor rastro de aquel metal que Summy Skim no cesaba de maldecir!

—Ya lo ves —dijo—. ¡Ni para pagarme una pipa de tabaco!

—Quizá otra vez tengas más suerte —insinuó Ben Raddle, que no quería darse por vencido.

—En todo caso tengo más éxito cazando —respondió Sum my Skim— y puedo compensarlo de ese modo.

Y, llamando a Neluto, tomó su fusil y se fue la tarde entera.


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