El Volcán de oro
El Volcán de oro —Porque no podremos tratar con el Anglo-American Transportation and Trading Co. o cualquier otro sindicato antes de que se concluyan las tareas de rectificación —respondió Ben Raddle.
—De acuerdo, Ben, pero eso se puede hacer por correspondencia, o con intermediarios, tanto en Montreal, en el despacho del notario Snubbin, como en Dawson City, en las oficinas de Front Street.
—No en condiciones tan favorables —respondió Ben Raddle.
—¿Por qué no? Ya estamos ahora en condiciones de valorar el precio de nuestra parcela.
—Dentro de un mes o de seis semanas todavía estaremos en mejores condiciones —declaró el ingeniero—. Y no serán doscientos mil francos lo que nos ofrecerán por la parcela 129, serán cuatrocientos o quinientos mil.
—¡Y qué haremos con todo eso! —exclamó Summy Skim.
—Ten por seguro que haremos buen uso de ello —afirmó Ben Raddle—. ¿No estás viendo que el filón va siendo más rico a medida que avanza hacia el oeste?
—¡Eh! ¡Con tanto avanzar acabaremos por encontrarnos con el de la parcela 127! —observó Summy Skim—. Y cuando nuestros hombres se encuentren en contacto con los de ese horrible Hunter, no sé lo que va a pasar.