El Volcán de oro

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—No tienes nada que liquidar —respondió Ben Raddle, que no quería bajo ningún concepto que su primo se metiera en algún lío importante—. No hay nada más natural que el que tú tomaras la defensa de las dos religiosas en Vancouver, y que pusieras a ese Hunter en el lugar que le correspondía. Yo hubiera hecho lo mismo que tú. Pero aquí, cuando el personal de una parcela se ve amenazado por el personal de otra parcela, ése es un asunto que concierne a la policía.

—¿Y si no está? —replicó Summy Skim que no tenía ganas de ceder.

—Si no está, monsieur Skim, nosotros nos defenderemos y nuestros hombres no retrocederán delante de esos tejanos —dijo el capataz.

—En fin —concluyó Ben Raddle—, no hemos venido aquí para limpiar a Forty Miles Creek de los miserables que lo llenan, sino para…

—Para vender nuestra parcela —replicó Summy Skim, que retornaba siempre a su desiderátum y a quien ahora empezaba a calentársele un poco la cabeza—. Dígame, Lorique, ¿no podríamos informarnos de lo que está haciendo la comisión de fronteras, si avanzan sus trabajos de rectificación y cuándo los darán por finalizados?

—Intentaré averiguarlo, monsieur Skim —respondió el capataz.


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