El Volcán de oro
El Volcán de oro —Amigo mÃo, ¿te parece que la fortuna que nos dejaron nuestros padres no basta? ¿No nos proporciona nuestro patrimonio independencia y bienestar? Si te hablo de este modo es porque me doy cuenta de que tú das a este asunto más importancia de la que yo le doy, y más de la que en mi opinión se merece, ¿y quién sabe los sinsabores que nos tiene reservados? Veamos, ¿no somos lo suficientemente ricos?
—Nunca se es bastante rico cuando se puede serlo más.
—A menos que no se sea demasiado, Ben, como algunos millonarios que tienen tantos problemas como millones, y que tienen más disgustos al conservarlos que los que padecieron adquiriéndolos.
—Vamos, vamos —respondió Ben Raddle—. Bonita cosa, esa filosofÃa, pero no hay que llevarla al exceso, y no me hagas decir lo que no he dicho. Yo no espero encontrar toneladas de oro en la parcela de nuestro tÃo Josias, pero repito que es prudente informarse.
—Nos informaremos, por supuesto, querido Ben, y quiera el cielo que en cuanto tengamos esa información no nos encontremos ante un asunto embarazoso al que tengamos que hacer frente por respeto a nuestra familia. Quién sabe si allá, en la explotación 129, los gastos de adquisición, de instalación, de explotación, no han superado los medios de nuestro tÃo. En ese caso, he asegurado al notario Snubbin…