El Volcán de oro
El Volcán de oro —Pues bien, querido Ben, eso es precisamente lo que tiene que saber la gente del negocio, los que actualmente están explotando los yacimientos de Klondike. Si la parcela de Forty Miles Creek vale algo, intentaremos liquidarla al mejor precio. Pero te repito que mucho me temo que nuestro tÃo se lanzara a algún mal negocio cuyas consecuencias quizá recaigan sobre nosotros. No logró nada en su vida y no llego a imaginar que haya dejado este mundo convertido en millonario.
—Eso es lo que queda por determinar —respondió Ben Raddle—. El oficio de buscador está lleno de sorpresas de ese tipo. Siempre se está en vÃsperas de descubrir una veta afortunada, y con esa palabra veta no me refiero a la suerte, sino a un filón aurÃfero en el que abunden las pepitas. En fin, ha habido buscadores de oro que no tienen motivos para quejarse.
—Sà —respondió Summy Skim—. ¡Uno de cada cien, y además a qué precio! ¡Y con qué fatigas! ¡Y se podrÃa añadir que con qué miserias!
—En fin —prosiguió Ben Raddle—, no pienso quedarme en estas hipótesis, sino en verificar constataciones serias antes de tomar una decisión.
Summy Skim se percató perfectamente de a qué se referÃa su primo, y aunque le apenaba, sólo podÃa demostrar su asombro. Se limitó, pues, al tema, que le era conocido, y dijo: