El Volcán de oro
El Volcán de oro —No —respondió Summy Skim, aunque los habÃa recibido—. Pensé que no me servirÃa de nada enterarme.
—Ése eres tú, Summy —replicó Ben Raddle—. Sin embargo, yo no contemplo este asunto con tanta indiferencia, y mi opinión es que merece que le prestemos atención y un estudio más profundo.
Al principio Summy Skim no respondió nada a esta confidencia, pero después de que su primo prosiguiera, dijo:
—Querido Ben, me parece que nuestra situación es muy sencilla: o bien esta herencia tiene algún valor, en cuyo caso la liquidaremos como mejor convenga a nuestros intereses, o bien no tiene ninguno, lo que resulta infinitamente más probable, porque nuestro tÃo no era hombre para enriquecerse, y no la aceptaremos.
—Eso serÃa lo más sensato, en efecto —declaró Ben Raddle—. Pero no hay por qué apresurarse. Con esos placeres pueden suceder tantas cosas… Parecen pobres, se les cree agotados, y de repente un golpe de pico puede producir una fortuna.