El Volcán de oro
El Volcán de oro LAS CONSECUENCIAS DE UNA REVELACIÓN
Al día siguiente tuvo lugar el entierro de aquel pobre francés. Ben Raddle y Summy Skim lo siguieron hasta el cementerio, donde descansaban ya tantas víctimas de la emigración a los yacimientos de Klondike. Sobre la tumba se plantó una cruz de madera con el nombre de Jacques Laurier, después de que un sacerdote de la iglesia de Dawson City pronunciara las últimas oraciones.
Al regreso, cumpliendo la promesa que le había hecho al difunto, Ben Raddle escribió a aquella desgraciada madre que nunca más volvería a ver a su hijo y envió la carta a Europa, a Francia, a Bretaña, a Nantes.
A nadie asombrará que el secreto relativo al Golden Mount interesara singularmente a Ben Raddle. La duda de que la revelación de Jacques Laurier no descansaba sobre ninguna base cierta no le vino ni por un instante al pensamiento. No ponía en tela de juicio que al borde del Rubber Creek, uno de los afluentes del Mackensie, se levantaba la montaña que el francés y su compañero habían descubierto en el norte del territorio canadiense. Habían reconocido su naturaleza. Era como una enorme bolsa de oro que, un día u otro, se vaciaría por sí sola. Si se producía una erupción arrojaría miles de pepitas, y si no se producía, si el volcán estaba definitivamente apagado, no había más que ir a recogerlas al cráter del Golden Mount.