El Volcán de oro

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Mientras tanto, la comisión dio a conocer el resultado de los trabajos relativos a la modificación de la frontera. De aquellos estudios, realizados con el mayor cuidado, se llegaba a la conclusión de que las reclamaciones no eran admisibles, ni por parte de los ingleses, ni por parte de los americanos. No se había cometido ningún error sobre la línea que tenía que ocupar el meridiano ciento cuarenta y uno al oeste de Greenwich. La frontera entre Alaska y el Dominio, trazada con exactitud, no debía retroceder ni al oeste en provecho de los canadienses, ni al este, en su detrimento, y las parcelas limítrofes no se verían sujetas a ningún tipo de modificación desde el punto de vista de su nacionalidad.

—¡Pues sí que hemos adelantado mucho! —dijo Summy Skim el día que se enteró de la noticia—. Poco importa que la parcela 129 se encuentre en territorio canadiense o en territorio americano, desde el momento que ya no existe.

—Existe bajo la derivación del río Forty Miles Creek —respondió el capataz que no quería renunciar a toda esperanza.

—¡Bien, Lorique! ¡Vaya pues a explotarla a cinco o seis pies bajo el agua! ¡A menos que un segundo temblor de tierra no vuelva a colocarla en su lugar!

Hablando así Summy Skim se encogía de hombros. Luego añadió:


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