El Volcán de oro
El Volcán de oro —Además, si Plutón y Neptuno van a colaborar todavÃa en Klondike, que sea para acabar de una vez por todas con este espantoso paÃs y transformarlo de arriba a abajo, y sumergirlo para que ya no se pueda recoger ni una pepita.
—¡Oh, monsieur Skim! —dijo el capataz.
—Te equivocas hablando asÃ, Summy —dijo entonces Ben Raddle.
—No. Tengo razón. El mundo no irÃa peor si le faltaran todos los millones de Klondike.
—¡Eh! —replicó Ben Raddle como quien se contiene para no decir más de lo que quiere—. En Canadá, no sólo hay yacimientos en Klondike.
—Pues bien —repuso Skim enojándose un poco—, no exceptúo de la catástrofe a los que estén en otra parte, tanto en Alaska como en el Dominio, y para ser franco, en el mundo entero.
—Pero monsieur Skim —repuso el capataz—, el oro es el oro.
—No, Lorique, no es nada y sólo sirve para engañar a la gente, perturbando sus cerebros y produciendo miles de vÃctimas.
La conversación hubiera podido proseguir mucho tiempo en ese terreno, sin ningún beneficio para los que participaban. En cualquier caso, Summy Skim la terminó concluyendo: