El Volcán de oro

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Aquellos tres días transcurrieron en reposo absoluto, salvo por parte de Summy Skim y Neluto que no pudieron resistirse a sus instintos cinegéticos. Realizaron una buena caza por los alrededores. Abundaban las especies y durante el buen tiempo, eran la base de la alimentación de la guarnición, sin temor a que se agotaran: perdices, patos y otros representantes de la especie volátil. Había incluso alces, aunque es cierto que en pequeño número, y era difícil acercarse a ellos. Summy Skim divisó algunos, y lamentándolo mucho tuvo que renunciar a perseguirlos, porque hubiera corrido el riesgo de que lo llevaran demasiado lejos. Sin embargo, estuvo tan satisfecho que el segundo día, al volver, le dijo a su primo:

—Ya ves, Ben, me hubiera gustado más pasar el buen tiempo en Fort Macpherson que en Dawson City. Por lo menos aquí no hay esa espantosa promiscuidad del mundo de los mineros.

—Entre los cuales nos contamos, Summy.

—De acuerdo, ya que lo dices… Pero aquí, en medio del campo, donde no se oye ni el chirrido de los rockers, ni los golpes de pico y de piqueta, estamos como de vacaciones, y me hago la ilusión de que estamos menos lejos de Green Valley, que no volveremos a ver hasta el próximo invierno.


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