El Volcán de oro
El Volcán de oro Nada turbaba aquellas largas etapas, efectuadas sin demasiada fatiga por un terreno llano que bordeaba el cauce del rÃo. El paÃs estaba desierto y apenas encontraron algunas partidas de indios, de los que vivÃan de la pesca a orillas del gran rÃo. Por lo tanto, no se toparon con la banda que habÃa señalado el agente en jefe de Fort Macpherson, pero hay que decir que el Explorador conocÃa muy bien el género de aventureros que la componÃa y que hizo lo que estaba a su alcance para evitar cualquier contacto con ellos.
—Lleguemos solos a Golden Mount, regresemos solos, y asà será mejor —repetÃa.
—Pero en fin, sabrÃamos defendernos —respondÃa el capataz Lorique.
—Es preferible no tener que defenderse —declaraba Bill Stell.
—¡Y que nadie nos siga a donde vamos! —declaró Ben Raddle.
Por lo tanto, durante las etapas, el Explorador tomaba toda clase de precauciones. Dos de sus hombres iban siempre por delante y guardando los flancos de la caravana. Después, durante las paradas, se vigilaban con atención las cercanÃas del campamento a fin de evitar cualquier sorpresa.