El Volcán de oro
El Volcán de oro Por otra parte, Ben Raddle no podrÃa estar seguro a este respecto hasta que no hubiera realizado la ascensión de la montaña, hasta que no hubiera recorrido la disposición del cráter, donde, según Jacques Laurier, era fácil bajar. Es cierto que habÃa acaecido una circunstancia que podÃa crear ciertas dificultades, y precisamente aquella noche el capataz Lorique tuvo ocasión de hablar de ello con el ingeniero.
—Monsieur Ben —dijo—, ¿no le habÃa hablado el francés, al revelarle la existencia del Golden Mount, de que se trataba de un volcán apagado?
—Apagado, sÃ, al menos en la época en que él lo visitó no arrojaba ni humo ni llamas.
—Y si no me equivoco habÃa podido escalarlo hasta la cumbre.
—Incluso introducirse en el cráter —añadió Ben Raddle.
—¿No temÃa Jacques Laurier que se pudiera producir una erupción volcánica?
—No. Del cráter no salÃa ningún vapor. Pero de eso hace ya seis meses, y desde entonces las fuerzas eruptivas han podido entrar en acción.
—No cabe la menor duda —respondió el capataz—, porque de la cima de la montaña se escapan volutas de humo, y me pregunto cómo podremos bajar al cráter.