El Volcán de oro

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Evidentemente Ben Raddle había reflexionado por su lado sobre esa eventualidad desde la última etapa. No se trataba de un volcán apagado, sino solamente dormido, que se despertaba. Pero en el caso de que resultara imposible penetrar en el cráter, el ingeniero se había dicho a sí mismo lo que repitió a Lorique:

—¿Por qué una erupción no nos ahorraría todo el trabajo? ¿Por qué no vaciaría el Golden Mount de todas las pepitas que contiene? No tendríamos más que recogerlas al pie de la montaña y nos evitaría grandes trabajos. Además, esperemos, y mañana, cuando hayamos subido, actuaremos según las circunstancias.

La velada terminó en condiciones muy aceptables. La brisa había cesado mucho antes de ponerse el sol. El cielo, muy puro, se iluminó con las estrellas, y la Polar lanzaba sus destellos casi en el cenit, encima del horizonte norte.

El Explorador organizó la vigilancia del campamento, y nada turbó la noche, salvo algunos lejanos gruñidos de osos que no se acercaron hasta el Golden Mount.

A las cinco todo el mundo se había levantado.

Ayudado por la imaginación, Summy Skim había contemplado con cierto interés aquel Golden Mount. ¿Quién sabe si él no se rendía también ante la tentación de recoger pepitas a manos llenas de aquel enorme tesoro?


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