El Volcán de oro
El Volcán de oro Ben Raddle, Summy Skim, Lorique y el Explorador salieron pues hacia las ocho, y avanzaron a lo largo de la base meridional de la montaña, con el fin de alcanzar el flanco oeste.
Parecía bastante singular que a lo largo de aquella base no se encontraran restos de materia eruptiva, ni siquiera bajo la hierba. No se encontraba ningún indicio de la última erupción —¿y a cuándo se remontaba? —, ni tampoco se encontraba nada que pareciera polvo de oro. ¿Se debía, por lo tanto, deducir que esos productos habían sido arrojados del lado del mar y yacían bajo las profundas aguas del litoral?
—¡En cualquier caso, poco importa! —respondió Ben Raddle al capataz cuando éste hizo la observación—. Es probable, incluso es seguro, que no haya habido ninguna erupción desde que Jacques Laurier visitó el volcán, hace apenas ocho meses, y las pepitas que él vio en el cráter las volveremos a ver nosotros.
Eran las ocho y media cuando sus compañeros y él se detuvieron en la base del flanco que daba la cara al oeste y que se prolongaba hasta el litoral.
Después de un examen atento se reconoció que aquel flanco presentaba un menor declive en la parte que se dirigía hacia el norte. Convendría pues dirigirse hacia aquella dirección en primer lugar, aunque hubiera luego que modificar el trayecto si fuera necesario.