El Volcán de oro

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El Explorador se puso en cabeza y los demás lo siguieron. Al comienzo, la rampa no era demasiado empinada y no superaba los cuarenta grados. Las hierbas permitían fijar el pie de manera bastante sólida, y no resultó necesario utilizar los clavos y las cuerdas. Además, Bill Stell, que ya había participado en muchas excursiones por las Montañas Rocosas, era un guía práctico. Le conducía un instinto seguro, y era tan vigoroso y estaba tan acostumbrado a los ejercicios de aquel tipo que sus compañeros tenían ciertas dificultades para seguirlo.

—¡Eso es lo que resulta de haber cruzado veinte veces los pasos del Chilkoot! —decía Summy Skim—. ¡Se tienen pies de corzo!

Lo cierto es que después del primer tercio de la ascensión, incluso un corzo hubiera tenido quizás dificultades. Hubiera deseado tener las alas de un buitre o de un águila.

La pendiente era tal que resultaba necesario ayudarse con las rodillas, los pies y las manos, agarrándose a los matorrales de arbustos escuálidos. Pronto fue indispensable el empleo de los clavos y de las cuerdas. Entonces el Explorador se colocaba delante, plantaba un clavo entre las hierbas, desenrollaba la cuerda que éste llevaba atada, y los otros se izaban hasta donde estaba él. Actuaban con una prudencia extrema, porque cualquier caída hasta la base del monte hubiera sido mortal.


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