El Volcán de oro
El Volcán de oro —¿No podríamos provocar la erupción, o por lo menos reventar la montaña con explosivos? —dijo un día el Explorador.
Ben Raddle miró a Bill Stell, sacudió la cabeza y no pronunció palabra.
Entonces Lorique respondió:
—No bastaría con toda nuestra provisión de pólvora, y además, aun admitiendo que pudiéramos practicar una brecha, ¿qué saldría de ella?
—Quizá un torrente de pepitas —dijo Bill Stell.
—¡No, Explorador, únicamente vapor! —declaró Lorique—. El vapor saldría por ahí en vez de salir por la chimenea y no habríamos adelantado nada. Lo único cierto es que el Golden Mount estaba dormido desde hacía mucho tiempo y también es cierto que se está despertando. Si hubiéramos llegado algunos meses antes es probable que hubiéramos podido bajar al cráter. Pero se ha declarado contra nosotros la mala suerte y sin duda habrá que pasar algún tiempo antes de que se produzca la erupción. En suma, lo más sensato es armarse de paciencia.
—Antes de dos meses estaremos a comienzos del invierno —declaró Bill Stell.
—Lo sé, Explorador.
—Y si la erupción no ha tenido lugar, tendremos que irnos de todos modos.