El Volcán de oro
El Volcán de oro Éste, después de haberlo examinado, dijo:
—Aunque la hoguera es antigua, este puñal no hace mucho que lo han perdido.
—SÃ, sà —respondió Summy Skim—. La hoja todavÃa brilla, no tiene ni rastro de herrumbre. Ha debido caer recientemente en la hierba.
Era un hecho indiscutible.
En cuanto al arma, después de haberle dado muchas vueltas, y de haberla examinado de cerca, Summy Skim reconoció que era de manufactura hispana. Incluso en el mango aparecÃa gravada la inicial M, y en la hoja el nombre de Austin, la capital de Texas.
—Asà pues —concluyó Summy Skim—, unos extranjeros han acampado en este claro hace solamente unos dÃas, quizá unas horas. Es posible que no hayan encendido fuego, pero uno de ellos ha perdido este puñal.
—Y no se trata de indios —observó Neluto—, porque los indios no tienen armas de este tipo.
—Quién sabe si, cruzando el bosque, no se dirigen hacia el Golden Mount —añadió Summy Skim.
Era una hipótesis admisible, y si el hombre al que pertenecÃa aquel puñal formaba parte de una banda numerosa, quién sabe si un grave peligro no amenazaba a Ben Raddle y a sus compañeros, incluso en aquel mismo momento, si es que la banda merodeaba por los alrededores del estuario del Mackensie.
—¡Vámonos! —dijo Summy Skim.