El Volcán de oro
El Volcán de oro —Ahora mismo —respondió Neluto.
—¿Y nuestro perro? —dijo Summy Skim.
El indio llamó con una voz fuerte volviéndose en todas direcciones. Pero el perro no oyó su llamada y no apareció.
Ya no era cuestión en aquel momento de proseguir la caza del alce. Era preciso llegar cuanto antes al campamento, a fin de poner sobre aviso a la caravana del Explorador, y quizá tomar medidas defensivas. Pero la manera de llegar lo más rápidamente posible era tomando el camino más corto, y lo más corto era la línea recta.
Era pues importante orientarse con la mayor exactitud y Summy Skim no tenía brújula. Pero tenía un reloj, y éste es el procedimiento que empleó, procedimiento del que ya se había servido en una ocasión durante sus cacerías en el territorio de Montreal.
Como ya se ha señalado, el sol proyectaba sus rayos en el claro del bosque, y precisamente la sombra de un pino muy vertical se proyectaba en el suelo. Summy Skim iba a utilizar aquella línea de sombra para orientarse. Fue a situarse encima de aquella línea volviendo la espalda al sol y sacando su reloj.