El Volcán de oro

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De ahí que, al día siguiente, Summy Skim tomara el ferrocarril hasta la estación de Green Valley, donde le esperaba un carruaje con un buen tiro de caballos; y por la tarde bajó a la granja.

Como puede imaginarse, a los granjeros les sorprendió bastante aquella visita, pero es de suponer que no estuvieran menos satisfechos que sorprendidos. Como siempre, a Summy Skim le emocionó la acogida afectuosa que recibió. Pero cuando los granjeros se enteraron del motivo de aquella temprana visita, cuando se enteraron de que el verano pasaría sin que su amo estuviera con ellos, no ocultaron el pesar que les causaba la noticia.

—Sí, amigos míos —dijo Summy Skim—. Ben Raddle y yo nos vamos a Klondike, un país que está en el quinto diablo y que el diablo tiene bajo su poder, y tan lejos, que se necesitan no menos de cuatro meses para ir y otros tantos para volver.

—¡Y todo eso con el objeto de reunir algunas pepitas! —dijo uno de los campesinos encogiéndose de hombros.

—Eso cuando se coge alguna —añadió un viejo filósofo sacudiendo la cabeza con aire poco animado.

—Y además hay que tener cuidado en no caer, porque no siempre puede uno levantarse —dijo Summy Skim—. Pero, qué le vamos a hacer, amigos míos. Es como una fiebre, o más bien una epidemia que de vez en cuando azota el mundo y provoca muchas víctimas.


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