El Volcán de oro
El Volcán de oro —En efecto, monsieur Raddle —respondió el Explorador—, pero por delante sólo estamos defendidos por el canal entre el rÃo y la montaña, y no es más que un foso de siete a ocho pies de ancho y una profundidad parecida, y eso no detendrá a los asaltantes.
—No, mientras el foso esté seco, estoy de acuerdo —declaró el ingeniero—, pero cuando esté lleno hasta los bordes será más difÃcil de cruzar.
—También estoy de acuerdo con ello, monsieur Raddle. ¿Piensa inundarlo cortando lo que le separa de la orilla del rÃo?
—Estoy meditándolo, Bill —respondió Ben Raddle—. El agua llenarÃa por completo el canal.
—Pero si más tarde queremos hacer saltar la pared que separa todavÃa la galerÃa de la chimenea del cráter, ¿cómo lo lograrÃamos estando la galerÃa llena hasta el fondo? —observó el Explorador.
—No lo estará, porque su orificio todavÃa está cerrado por una pequeña presa que dejaremos en pie y que destruiremos con algunos golpes de pico cuando llegue el momento.
—Bien, monsieur Raddle —dijo entonces el Explorador—. Eso es lo que hay que hacer, y hay que hacerlo ahora mismo. Sólo tenemos unas horas antes de que la banda tenga tiempo de bajar y de situarse a la vista de nuestro campamento. ¡Manos a la obra!