El Volcán de oro
El Volcán de oro —Y yo los mÃos —respondió monsieur Skim sentándose cerca de la mesa.
—Ha sido usted el primero en llegar, monsieur Skim.
—¿El primero, notario Snubbin? ¿Somos varios los convocados en su bufete?
—Dos —respondió el notario—. Monsieur Ben Raddle, su primo, ha debido recibir una carta invitándole a venir, lo mismo que usted.
—Entonces no hay que decir ha debido recibir, sino recibirá —declaró Summy Skim—. Porque Ben Raddle no se encuentra en Montreal en estos momentos.
—¿Volverá pronto? —preguntó el notario Snubbin.
—Dentro de tres o cuatro dÃas.
—Cómo lo lamento.
—¿Tan urgente es la comunicación?
—En cierto modo sà —respondió el notario—. Pero a fin de cuentas le voy a poner al corriente y le ruego que ponga en conocimiento de monsieur Ben Raddle en cuanto regrese lo que me ha sido encargado comunicarles.
El notario se caló los lentes, hojeó algunos papeles esparcidos sobre la mesa, cogió una carta que sacó de un sobre y antes de leer el contenido dijo:
—Monsieur Raddle y usted, monsieur Skim, son los sobrinos de monsieur Josias Lacoste.