El Volcán de oro
El Volcán de oro Sí, la fiebre del oro no había hecho más que empezar. No cesaban de llegar noticias anunciando el descubrimiento de numerosos yacimientos en Eldorado, Bonanza, Hunter, Bear, Gold Bottom, todos ellos afluentes del río Klondike, cuyo curso no es inferior a doscientos cuarenta kilómetros; se hablaba de parcelas en las cuales el buscador sacaba hasta quinientos francos de oro al día en sus bateas. Por ello, no dejaba de aumentar la llegada de emigrantes; se arrojaban sobre Klondike como se habían arrojado sobre Australia, California, Transvaal, y las compañías de transporte no daban abasto. Además, los que transportaba aquel tren no eran representantes de los sindicatos, de las sociedades organizadas con el apoyo de los grandes bancos americanos o europeos, cuyos agentes, provistos de excelente material, no tenían nada que temer, ya que eran avituallados sin cesar en vestimenta y víveres por los servicios especiales de dichas sociedades. No, allí sólo había pobre gente atrapada por todos los rigores de la existencia, gente expulsada de su país por la miseria, y a quien, preciso es decirlo, la esperanza de un golpe de pico afortunado había perturbado el cerebro. Además, si no pudieran trabajar por cuenta propia, podrían alquilar sus brazos a los propietarios de las parcelas, que a menudo tenían que parar la explotación por falta de obreros. Sin duda alguna, los salarios eran extremadamente elevados, alcanzando hasta setenta y ochenta francos al día. Pero también es verdad que el coste de la vida estaba por las nubes en el territorio de Klondike, y los objetos de primera necesidad se pagaban a veinte veces su precio en cualquier otra parte. Lo cierto es que solamente por azar se podía uno enriquecer rápidamente.