El Volcán de oro
El Volcán de oro Mientras tanto, aquel tren de la Transcontinental Route, corría a todo vapor. Summy Skim y Ben Raddle no se podían quejar de falta de comodidad en el curso de aquel largo viaje: disponían de un salón durante el día, y de un dormitorio para la noche, de un fumador donde podían fumar a gusto como en los mejores cafés de Montreal, de un comedor en el que la calidad del menú y del servicio no dejaba nada que desear y de un vagón cuarto de baño por si querían tomar un baño en ruta. Y sin embargo aquello no le impedía a Summy Skim echar de menos su pabellón de Green Valley.
En cuatro horas el tren llegó a Ottawa, capital del Dominio, que desde lo alto de una colina domina los alrededores, ciudad soberbia, chief lumbering, con la pretensión más o menos justificada de ocupar el centro del mundo.
Más allá, cerca de Carlton Jonction, hubiera podido divisarse Toronto, su rival, que había sido capital del Dominio. Podría decirse que todas las metrópolis canadienses lo serán por turno.