El Volcán de oro
El Volcán de oro Summy Skim entró en el óptico y le rogó que le enseñara varios termómetros para escoger.
El comerciante cogió diversos modelos del escaparate y se los ofreció. Todos estaban graduados, no siguiendo la escala de Fahrenheit, que sigue en uso en el Reino Unido, sino según la escala de centígrados que era la más corrientemente adoptada en el Dominio, todavía impregnado de costumbres francesas.
—¿Están bien ajustados estos termómetros? —preguntó Summy Skim.
—Por supuesto, caballero —respondió el óptico—. Creo que quedará satisfecho.
—En todo caso no estaré satisfecho el día que marquen setenta u ochenta grados bajo cero —declaró Summy Skim con el tono más serio posible.
—Bueno —dijo el comerciante—. Lo esencial es que sean precisos.
—De acuerdo con usted, caballero. ¿Y sucede a menudo que la columna de mercurio baje hasta sesenta grados bajo cero?
—Frecuentemente, señor, e incluso más.
—¡Venga! —dijo Summy Skim—. Es difícil creer que, incluso en Klondike, un termómetro pueda caer tan bajo.
—¿Y por qué no? —respondió el comerciante con todo su orgullo—. ¿El caballero desea un instrumento graduado hasta ahí?