El Volcán de oro
El Volcán de oro —Gracias, gracias —respondió Summy Skim—. Me conformaré con el que sólo está graduado hasta menos sesenta.
Después de todo, ¿para qué habÃa hecho aquella adquisición?, hubiera debido preguntarse; cuando los ojos se congelan bajo los párpados enrojecidos por la brisa áspera del norte, cuando el aliento cae en forma de nieve alrededor de uno, cuando la sangre, medio congelada, está a punto de solidificarse en las venas, cuando no se puede tocar un objeto metálico sin dejar la piel de los dedos, cuando uno se congela delante de los fuegos más ardientes como si el mismo fuego hubiera perdido todo calor, no hay mucho interés en saber si la temperatura es de sesenta o de ochenta grados bajo cero, y no se necesita ningún termómetro para constatarlo.
Mientras tanto los dÃas iban pasando, y Ben Raddle, cuyos preparativos habÃan concluido, no ocultaba su impaciencia esperando la llegada del Foot-ball. ¿HabÃa sufrido el vapor algún retraso en alta mar? Se sabÃa que habÃa zarpado de Scagway con fecha del 10 de abril. Ahora bien, como la travesÃa no duraba más allá de seis dÃas, hubiera debido estar ya frente a Vancouver.