El Volcán de oro
El Volcán de oro Cuando el paquebote estuvo amarrado al pontón, vieron a uno de los pasajeros comportarse furiosamente para ser uno de los primeros en la pasarela del navÃo. Sin duda, tenÃa prisa por reservar su billete en el Foot-ball. Era un hombre de estatura elevada, brutal y vigoroso, de barba negra e hirsuta, con la tez curtida de los hombres del sur, la mirada dura, la expresión malvada, el talante antipático. Le acompañaba un segundo pasajero, de la misma nacionalidad, a juzgar por su apariencia, y que no parecÃa ni más paciente ni más sociable que él.
Sin duda, habÃa otros con la misma prisa por desembarcar que ese pasajero imperioso y ruidoso. Pero hubiera sido difÃcil adelantarle cuando avanzaba a codazos hacia el pontón, sin tener en cuenta las advertencias del capitán y de los oficiales, apartando a sus vecinos, insultándolos con una voz ronca que acentuaba aún más la dureza de sus insultos, mitad en inglés, mitad en español.
—¡Eh! —exclamó Summy Skim—. Ése sà que no se puede decir que vaya a ser un compañero de viaje agradable si logra sacar pasaje en el Foot-ball.
—Sólo son algunos dÃas de travesÃa —respondió Ben Raddle—, y sabremos tenerlo apartado.
En aquel momento, un curioso que se encontraba cerca de los dos primos exclamó: