El Volcán de oro

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—A condición, sin embargo, de no pertenecer a él, Ben, y nosotros no pertenecemos a él ni perteneceremos nunca. Tú eres un caballero, y yo también, y hemos heredado una parcela llena de pepitas, de acuerdo, pero no conservaremos ni un metro cuadrado.

—De acuerdo —respondió Ben Raddle con un imperceptible movimiento de hombros que no tranquilizaba en absoluto a Summy Skim.

Éste respondió:

—Vamos a Klondike a vender la parcela de nuestro tío Josias aunque hubiera sido fácil realizar la venta sin efectuar el viaje. ¡Dios santo! Sólo pensar que habría podido compartir los instintos, las pasiones y las envidias de esta turba de aventureros…

—Ten cuidado, Summy —dijo Ben Raddle—, vas a citarme el auri sacra fames[8].

—Y con razón, Ben —replicó Summy Skim—. Efectivamente, habría podido compartir esa execrable sed de oro por la que siento un santo horror, y ese deseo desenfrenado de riqueza que hace desafiar tantas miserias. Eso no es trabajo, eso es un juego de azar. Es la carrera por conseguir el premio gordo, la gran pepita. Y cuando pienso que en lugar de navegar a bordo de este vapor en ruta hacia comarcas inverosímiles, yo debería estar en Montreal, haciendo los preparativos para pasar la estación del buen tiempo en las delicias de Green Valley.

—Habías prometido no recriminarme nada, Summy.


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