El Volcán de oro
El Volcán de oro Además, los pasajeros de popa no debÃan salir de la cubierta que tenÃan asignada. El puente estaba obstaculizado por los establos donde se hallaban encerrados los animales, bueyes, caballos, asnos, renos, a los que no se podÃa dejar impunemente en libertad. Pero no sucedÃa lo mismo con toda aquella jaurÃa de perros que circulaba aullando en medio de los grupos de segunda clase, hombres todavÃa jóvenes, pero marcados con los estigmas de la miseria, mujeres ya agotadas, rodeadas de niños enfermizos. Ésos emigraban no ya para explotar algún yacimiento por cuenta propia, sino para poner sus brazos al servicio de alguno de aquellos sindicatos que se disputaban sus salarios.
—En fin —dijo Summy Skim—, tú lo has querido, Ben, y por fin ya estamos camino de Eldorado. Después de todo, ya que ha sido necesario hacer este viaje, lo que he visto hasta aquà y lo que veré en el futuro es ciertamente curioso. Tendré ocasión de estudiar el mundo de los buscadores de oro, que no parece ser uno de los más recomendables.
—SerÃa difÃcil que no fuera asÃ, mi querido Summy —respondió Ben Raddle—. Hay que tomarlo como es.