El Volcán de oro
El Volcán de oro El tiempo era frío, la brisa áspera, el cielo nuboso con viento del oeste. Un oleaje muy fuerte batía las costas de la Columbia. Ráfagas donde se mezclaban el agua y la nieve azotaban con violencia. Es de imaginar lo que debían sufrir los emigrantes que no podían encontrar abrigo ni en cubierta ni en el puente. La mayoría estaba postrada por el mareo, ya que a la oscilación de las olas se había sumado el balanceo del barco, y hubiera sido imposible ir de proa a popa sin agarrarse al cordaje. Los animales también estaban afectados, y mezclados con los silbidos del viento, se oían mugidos, relinchos y rebuznos en un espantoso concierto del que es imposible hacerse idea. Y además, los perros corrían y se revolcaban por las pasarelas, porque era imposible mantenerlos encerrados o atados. Algunos de aquellos animales se arrojaban enfurecidos sobre los pasajeros, les saltaban a la garganta intentando morderles. Fue necesario incluso que el contramaestre eliminara algunos a tiros. Y aquello no dejó de provocar un gran desorden que al capitán y a sus oficiales les costó reprimir.
Es evidente que Summy Skim, cual decidido observador, desafiaba al mal tiempo y sólo regresaba a su cabina en las horas de descanso.
Además, ni él ni su primo se vieron afectados por el mareo, como tampoco su compañero de viaje, el impasible noruego Boyen, al que nada de lo que pasaba a bordo parecía afectar.