El Volcán de oro
El Volcán de oro No sucedía lo mismo con el tejano Hunter y su camarada Malone. Desde el primer día consiguieron reunir una banda de jugadores y se instalaron alrededor de una mesa de monte y de faro, donde día y noche prorrumpían en gritos y provocaciones en toda su salvaje bestialidad.
Entre los pasajeros que habían llegado en el último tren de Montreal a Vancouver se encontraban dos que habían atraído la atención de Summy Skim.
Eran dos religiosas llegadas a Vancouver la víspera de zarpar, cuyas plazas habían sido previamente reservadas a bordo del Foot-ball. De treinta y dos años de edad la una, y de veinte la otra, francocanadienses de nacimiento, pertenecían a la congregación de las hermanas de la Misericordia, que las enviaba al hospital de Dawson City, cuya superiora reclamaba un aumento de personal.