Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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-¿De trasplantarme, señor Jeorling? Se lo he dicho a usted: soy una encina..., e intente usted trasplantar una encina que esté hundida hasta la mitad del tronco en la tierra de las Kerguelen.

Daba gusto oír al digno americano, aclimatado de tal modo a este archipiélago, y tan vigorosamente templado por la rudeza de su clima. Vivía allí, con su familia, como los pájaros bobos en sus rookerys, familia compuesta de la madre, valerosa matrona, y los hijos robustos, de floreciente salud e ignorando lo que son anginas o dilataciones del estómago. El negocio marchaba. El Cormorán Verde gozaba de gran fama y contaba con la parroquia de todos los barcos, balleneros o no, que hacían escala en las Kerguelen. Les proveía de sebo, de grasas, de alquitrán, de brea, de especias, azúcar, té, conservas, whisky y Ginebra.

Inútilmente se hubiera buscado otra posada en Christmas-Harbour. En lo que se refiere a los hijos de Fenimore Atkins, eran carpinteros, veleros, pescadores, y cazaban anfibios, que perseguían en el fondo de todos los pasos durante la estación cálida. Eran, en suma, bravas gentes que obedecían su destino.

-En fin, Atkins, y para concluir-dije yo-estoy encantado de haber venido a las Kerguelen. Llevaré de ellas un buen recuerdo, aunque no me disguste gran cosa darme de nuevo al mar.


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