Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos -Un roble... y hasta una encina, si usted quiere, señor Jeorling.
-Y ha obrado usted cuerdamente obedeciendo las leyes de la Naturaleza. Pues si la Naturaleza nos ha dado piernas para caminar...
-Nos ha dado también con qué sentarnos-exclamó
Fenimore Atkins lanzando una carcajada;-y, por esto, desde hace quince años yo estoy cómodamente sentado en Christmas-Harbour, donde me he casado, y mi compañera Betsey me ha gratificado con diez hijos, que a su vez me gratificarán con nietos, los que se encaramarán por mis pantorrillas como gatitos pequeños.
-¿Y no volverá usted nunca a su país natal?
-¿A Baltimore? ¿Qué haría allí? ¿Qué hubiera hecho?
Luchar con la miseria... No... Aquí, en las islas de la Desolación, donde jamás he tenido ocasión para desesperarme, tengo asegurado el porvenir para mí y los míos.
-Lo felicito a usted, Atkins, porque es usted feliz. No obstante, no es imposible que algún día se apodere de usted el deseo...